Boracay Filipinas

Boracay una de las más de 7.000 islas que forman el archipiélago de las Filipinas desde un universo que se llama CocoMangas y es, increíblemente, divertido. Incluso superior a asistir a un teatro para ver una buena comedia. Lo bueno del sitio es que la función cada día es distinta. Podríamos decir que la forma exacta de llamar a este lugar que está ubicado a pasos de la que con justicia llaman la playa más bella del mundo es: Disco Bar. 

La zona en la que se encuentra es rica en estructuras de óseo, las hay más bonitas, mejor ubicadas, con música en vivo y espectáculos pero es Coco-Mangas quien se lo lleva todo, porque su espíritu es puro y su sabor genuino. El local es especial y el visitante palpa el inicio del gran premio antes de ver los bólidos porque en la misma calle.

Por aquí, globos aerostáticos y helicópteros siempre están disponibles para ofrecernos un paseo.

Son 7 km de longitud por menos de un kilómetro de anchura, aquella extensa línea de costa que ven sobre la derecha, pertenece a White Beach, es lo más parecido a como un hombre sin vocación religiosa cree que es el Paraíso. Una avanzada de palmeras despunta sobre la arena blanca y saluda a las aguas, que con la alta marea llegan a tocarla. Entre los cocoteros se hace camino, puestecitos de souvenirs colman de color el paseo. Su especialidad son las perlas, las joyas son las personas.

La primera línea de edificaciones es la corona de la princesa, cafeterías, centros de spa, lugares de copas y tiendas exclusivas. Mirar el mar por allí eriza los cabellos, quien observa los azules, que llegan sobre el blanco, siente la energía del océano. Cada vistazo, cada paseo, es un gozo, la playa te recibe y te pregunta si buscas relax o movimiento, después te acomoda y estás servido.

Cuando el Sol se va a la cama, lo hace mostrando su arte, el mar y el cielo, sus dos grandes amigos, le preparan su belén allá en el horizonte. En la isla el arte se expresa, con creatividad y simpleza, sus materiales preferidos son la madera, la paja, el bambú y las telas, que bonitas quedan las palmeras llevando en sus troncos vestidos de seda. Cuando el cielo se cubre de oscuro, el reflejo de la luna baja su camino al agua, invitando a los enamorados a subir para pasear por ella. Estructurados con caña y revestidos con lienzo, los faroles encienden corazones. La playa es activa de día, de noche retrasa su descanso.

Para una cena romántica, un ejército de trabajadores, atacan la arena, las luces la siguen mostrando blanca y sobre ese espejo montan y desmontan, cada noche, preciosos restaurantes, butacas de reinas y reyes, mantelería de otro planeta, abundan los decorados florales y las velas dan calor en cada mesa.

Los aromas se adueñan del paseo y las olas les tienen en danza con su música.

Cuando las cosas gustan, todo va muy de prisa. Termina la cena y empiezan las copas. Pero hay otros sitios, otras playas, no tan bellas. El viento sopla fuerte de poniente, hasta el punto de sacrificar la costa de ese lado, es allí donde un conjunto de palmeras aguanta la envestida con una nutrida primera línea. La fuerza del aire suele ser tremenda, pero las formaciones de cocoteros se suceden, lo reducen y lo contienen. Naturaleza, contra sí misma, ese escudo de verde viviente, detiene el viento que llega por el Oeste y hace apacible la costa del lado contrario. Sacrificada por su hermana, la playa del viento, durante las horas de luz goza de agradable compañía.

El aire es una delicia y los amantes de la práctica del Kitesurf, llegan allí para darle alegría al desolado paisaje. Coloridos aguilones salpican el celeste del cielo, las tablas recorren a buena velocidad la superficie azul y los más experimentados premian a los curiosos con increíbles acrobacias de vuelo.Un lugar pequeño, lo bueno viene en envase chico, sus alrededores son santuarios para el buceo submarino. Ricos en coral y peces de esos que ni el mejor de los artistas es capaz de pintar tan bellos.

Por si eso no fuera suficiente, hay que agregar el atractivo de los barcos hundidos. Aguas de piratas, con fuerte presencia de galeones españoles, escenario naval de la segunda guerra, si la suerte no les ayuda a encontrar una joya de aquellas, en un país donde un día sí y otro también se hunde un barco, sin dificultad encontrarán un amasijo de hierro convertido en reserva marina.

Navegar una barca, ver como las aguas acarician el casco y las velas coquetean con el viento es un regalo para el alma.

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